Carta de amor de Franz Kafka a Milena Jersenská

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1916

Sábado por la noche. Aún no he recibido la carta  amarilla, te la devolveré sin abrir. Me lamentaría el resto de mi vida si la idea de no escribirnos más no fuera la más correcta. Mas no me equivoco, Milena.
No quiero seguir hablando de ti, no por que no sea asunto mío, sí lo es; pero sencillamente no quiero hablar de ello.
Así que hablemos de mí: lo que tú eres para mí, Milena, lo que eres para mí más allá de todo el mundo en que ambos vivimos, eso no lo encontrarás en los papeluchos diarios que te he escrito. Esas cartas, tales como son,
solo sirven para atormentarse, y cuando no atormentan es peor todavía. No sirven de nada, salvo para crear un día, en Gmünd, malentendidos, humillaciones, humillaciones casi perpetuas. Quiero verte tan nítidamente como aquella primera vez en la calle, pero las cartas distorsionan tu imagen aún más que el bullicio de la calle L.
Pero todo esto no es importante comparado con mi impotencia, una impotencia que las cartas hacen crecer, la impotencia de llegar al fondo de estas; impotencia tan¬to en lo que se refiere a ti como en lo que se refiere a mí -mil cartas tuyas y mil deseos míos no podrían negarlo-, y lo decisivo es la voz irresistiblemente fuerte, por así de¬cir tu voz (quizá a causa de mi misma impotencia, aunque aquí todos los motivos quedan poco definidos), que me pide que calle.
Y sin embargo todo lo que a ti se refiere queda en el aire, borroso, aunque aparezca en la mayoría de tus cartas (quizá también en la amarilla, o más bien: aparece en el telegrama en que me pides que te devuelva la carta, con todo derecho, claro), a menudo en esas fases que me
inspiran miedo y que eludo como el diablo evita los lugares sagrados.
Es verdad, también yo quería telegrafiarte, pensé largamente en ello, en cama por la tarde, en el Belvedere por la noche; pero solo me preocupaba el texto: finalmente me pareció que implicaba una odiosa e injustificada desconfianza y al final no lo hice.
Aquí estoy, sentado frente a esta carta, sin nada más que hacer, a la una y media de la madrugada; mirando sus palabras y viéndote a través de ellas. A veces, no en sue¬ños, se me aparece esta visión: tienes la cara cubierta por el pelo, consigo separarlo y apartarlo hacia ambos lados, aparece tu cara, mis dedos recorren tu frente y tus sienes y al fin he conseguido retener tu rostro entre mis manos.

Lunes
Quise romper esta carta, no mandarla, no contestar a tu telegrama, los telegramas son tan fríos, pero ahora además tengo la tarjeta y la carta, esa tarjeta, esa carta. Pero aun ahora ante ellas, Milena, y aunque tuviera que morderme la lengua que está desesperada por hablar, cómo creer que necesitas esas cartas, cuando lo único que necesitas es descansar, como tú sueles decir. Y esas cartas solo son una tortura, nacen del tormento, incurable, y conducen al tormento, incurable también, ¿qué falta hacen -y cada vez menos- en un invierno como este? Callar es la única manera de vivir, en todas partes. Con tristeza, de acuerdo, pero ¿eso qué importa? Así el sueño es más infantil y más profundo. Pero el tormento es como un arado que surca el sueño -y el día-, se vuelve insoportable.

Miércoles
No hay ley que me prohíba escribirte una vez más y agradecerte esta carta donde aparece lo más hermoso seguramente que me has escrito nunca, ese «Yo sé que tú me…».
Aparte de eso, no hace mucho que estabas de acuerdo conmigo sobre la conveniencia de no escribirnos; que precisamente yo lo haya propuesto se trata simplemente de una casualidad, ya que del mismo modo habrías podido proponerlo tú. Y como estamos de acuerdo, no es necesario explicar por qué es conveniente que no nos escribamos más.
Lo peor es que (de ahora en adelante no irás más a preguntar a la oficina de Correos) no tengo ninguna o casi ninguna posibilidad de escribirte, o solamente la posibilidad de mandarte una tarjeta en blanco, para avisarte que te espera una carta en el correo. No dejes nunca de escribirme si lo necesitas, pero eso, no hace falta que te lo diga.
Mi comportamiento en el asunto de V. fue lamentable, no cabe ninguna duda, pero no tanto como te pareció entonces. Ante todo no fui en son de ruego, y de ningún modo en tu nombre. Era como un extraño que te conocía muy bien, que había visto un poco cómo estaban las cosas en Viena y que además había recibido dos cartas muy tristes.
Esta carta no es una despedida, solo lo sería si la fuerza de gravedad que me acosa constantemente me arrastrara para siempre contigo. Pero ¿cómo podría hacerlo, estando tú viva?

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