Carta de amor de Gustave Flaubert a Louise Cocet

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Carta de amor de Gustave Flaubert a Louise Cocet

Croisset, 4-5 de agosto de 1846

Hace doce horas todavía estábamos juntos, y ayer, en este mismo instante, te abrazaba. ¿Te acuerdas? ¡Qué lejano parece! Ahora la noche es suave y cálida; puedo oír al gran tulipanero de debajo de mi ventana su­surrando al viento, y cuando asomo la cabeza veo la luna reflejada en el río. Mientras escribo, tengo delante tus pequeñas zapatillas; me quedo mirándolas.
Aquí, encerrado y solo, he dejado a un lado todo lo que me diste. Tus dos cartas están en la bolsita bordada y las voy a releer en cuanto haya lacrado la mía. No te es­cribo en mi papel de carta habitual, este tiene un margen negro y no quiero que nada triste pase de mí a ti. No quiero provocarte nada más que alegría, y rodearte de una dicha tranquila e interminable, para compensarte un poco por la desbordante generosidad del amor que me has dado.
Temo ser frío, árido, egoísta… sin embargo, Dios bien sabe qué está pasando por mi interior en este momento. ¡Qué recuerdos! ¡Y qué deseo! ¡Ah! Nuestros dos mara­villosos paseos en carruaje, qué hermosos fueron, espe­cialmente el segundo, con los relámpagos sobre nosotros. Sigo recordando el color de los árboles iluminados por las farolas de la calle, y el balanceo de los saltos. Estábamos solos, felices: yo te miraba todo el tiempo e, incluso en plena oscuridad, todo tu rostro parecía iluminado por tus ojos.
Me parece que estoy escribiendo mal -leerás esto sin emoción-, no estoy diciendo nada de lo que quiero decir. Mis frases se amontonan como suspiros, para entender­las tendrás que añadir lo que debería ir en medio. Lo ha­rás, ¿verdad? Cada letra, cada giro de los caracteres que escribo, ¿te harán soñar? De la misma manera que la vi­sión de tus pequeñas zapatillas marrones me hace a mí soñar con los movimientos de tus pies cuando estaban dentro de ellas, cuando las calentaban. También el pa­ñuelo está allí; veo tu sangre. Desearía que estuviera completamente enrojecido por ella.
Mi madre me estaba esperando en la estación. Lloró al verme de vuelta. Tú lloraste al verme partir. En otras palabras, ¡tal es nuestro triste destino que no nos pode­mos desplazar una legua sin provocar lágrimas en dos la­dos a la vez! ¡Grotesca y sombría idea! Aquí la hierba es verde todavía, los árboles están tan cargados y el río corre tan plácido como cuando me fui; mis libros siguen abiertos en las mismas páginas; nada ha cambiado. La naturaleza exterior nos avergüenza, su serenidad es un reproche a nuestro orgullo. No importa, no pensemos en nada, ni en el futuro ni en nosotros mismos, porque pen­sar es sufrir. Dejemos que la tempestad de nuestros cora­zones nos arrastre donde quiera a toda vela, y en cuanto a los arrecifes, simplemente tendremos que tentar a la suerte entre ellos.
[…] En el tren leí casi un volumen entero. Me conmo­vió más de un pasaje, pero de eso ya hablaré más extensamente contigo después. Como bien puedes ver, soy incapaz de concentrarme. Esta noche no me apetece nada ser un crítico. Solo quería enviarte otro beso antes de dormir, decirte que te amo. Apenas si te había dejado -y cada vez más a medida que me iba alejando de ti- cuan­do mis pensamientos ya volaban de vuelta a ti, más velo­ces incluso que el humo que veía ondulando hacia atrás desde el tren. (Mi metáfora implica la idea de fuego: perdona la alusión.) Aquí: un beso, rápidamente -tú sabes de qué tipo-, del tipo al que se refiere Ariosto, ¡y otro y otro! Aún otro, y por último uno más justo debajo de tu barbilla, en el lunar que amo, donde tan suave es tu piel; y otro en tu pecho, donde reposo mi corazón. Adieu, adieu. Todo mi amor.

Imagen: Salon

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