Poema del amor

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Nadie tiene el rostro de mi amada.

Un rostro donde los pájaros

distribuyen tareas matinales.

Nadie tiene las manos de mi amada.

Unas manos que se templan en el sol

cuando acarician lo pobre de mi vida.

Nadie tiene los ojos de mi amada.

Unos ojos donde los peces nada libremente

olvidados del anzuelo y la sequía,

olvidados de mí que los aguardo

como el antiguo pescador de la esperanza.

Nadie tiene la voz con la que habla mi amada.

Una voz que ni siquiera roza las palabras

como si fuera un canto permanente.

Nadie tiene la luz que la circunda

ni esa ausencia de sol cuando se abisma.

A veces pienso que nadie tiene, nadie, todo eso

ni quiera ella misma. 

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